Ayer conocí a una mujer, una mujer hermosa, su nombre era María, María Juana, la vi, y pensé en lo díscola que había sido mi amiga con los demás.
Algunos piensan que me enamore de ella, otros piensan que me enamoré de mi amiga, pero no fue así, yo me enamore de otro, o de otra, de Giannina, no por su nombre, no porque yo tenga desniveles sexuales, porque es ella, ella, ella, la que me dice que me extraña, la que piensa erróneamente que algún día dejé de quererla como él conmigo.
Somos nosotras, las que tenemos vaginas, las que sufrimos sin recibir nada a cambio, ni siquiera un ruido, ni algo inerte con sentido, te quiero, y pienso en eso mientras te miro, y siento eso como mi saliva, te quiero, aunque te vayas, y te pego aunque te quiero, porque así me sientes cerca y si aquí estoy nunca me voy a ir, nunca, aunque llores en mi cama por tenerme por tu amiga, con argumentos de mujer estúpida, cerca contigo, no te vayas, solo quiero que lo sepas.
AdreGiannina
Nunca me importó subsistir interna en el frío de sus sombríos sentimientos, excepto cuando sus convicciones llamaban a las mías. Siempre estuvo presente su grandiosa sonrisa de matices luminosos que entre miedos y recuerdos, clamaba en mi dolor, voces epilépticas que me hacían mirar había atrás melancólicamente. Divagando entre el placer y el bienestar, que ahora son felicidad y olvido, usurpando cualquier vestigio de fortaleza, como quien olvida pero no olvida, viviendo plenamente un calvario simple, sin sentir el roce de su vida paralela, creyendo que en mi lugar en su mente rondaban ilusiones abyectas, que no sé si se habrán extinguido, pero que provocaban mi inexplicable y llanto que se secó por sus palabras, que ahora bailan con las mías, las que me dicen que te quiero.
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